Si bien había sido avisado de unas cuantas cosas sobre Singapur, en ningún momento llegué a imaginarme lo que me encontré al llegar.
La semana pasada viajé con el IE en un programa de intercambio corto ("Doing Business in South East Asia") a Singapur. La ciudad me impactó mucho. Los típicos comentarios que uno escuchaba sobre la misma son ciertos, pero la magnitud del desarrollo que se puede observar no entraba en mi imaginación.
Singapur queda lejos de definirla como una ciudad desarrollada, donde muchas cosas están prohibidas y son fuertemente multadas como la venta de chicles, tirar un papel al piso, fumar en la mayoría de sitios de la ciudad y demás. El desarrollo en infraestructura y tecnología es impactante. Las torres se levantan de un día para el otro, el gobierno hace todo lo que esté a su alcance para captar inversiones, y cuando hablo de todo lo que esté a su alcance implica el desviar una autopista ya hecha para que ExxonMobil invierta en un terreno el cual consideraba vital para su expansión.
Además de la impresión que uno se lleva por este desarrollo inmobiliario y de infraestructura, el choque cultural con el que uno se encuentra es digno de ser nombrado. Singapur está lejos de poder compararse en cultura con las caóticas ciudades de Bangkok y Kuala Lumpur. Estas últimas tienden más a estresar a uno, a vivir en una lucha constante con los locales por precios y trampas. Una masividad en las calles por donde camina uno que no tiene comparación con muchas otras ciudades. El caos en el tráfico, coches, motos, autobuses sin respetar absolutamente nada. Locales que hablan inglés a la perfección cuando quieren y cuando no les conviene dicen no entender. Por el contrario, Singapur es puro orden. Tanto así, que existe hasta un permiso de hasta 30.000 euros para poder tener derecho a comprar un auto. Las calles están diagramadas con sumo cuidado para poder organizar el tráfico. Los taxistas sólo pueden ser nacidos allí y los taxímetros son directamente controlados por el gobierno, todo para evitar timos, peleas y estrés del turista. El idioma nacional es el inglés facilitando la tarea a los occidentales. La ciudad consta de cámaras de seguridad por todas partes y no se ve un policía por ningún lado. Eso si, al menor problema no pasan ni 5 minutos y aparecen.
Estas cuestiones y muchas otras permiten el rápido crecimiento de un país con tan poca historia (algo más de 40 años) y con unas dimensiones minúsculas. No me extraña que las empresas tengan en mente a esta ciudad como uno de los puntos claves a invertir para su expansión en Asia. No deja de ser asiática pero el toque occidental permite una adaptación menos rigurosa al mundo oriental.
Además, la fuerte organización de Singapur no la hace aburrida, ya que la misma cuenta con un sin fin de posibilidades de entretenimiento diario que pocas ciudades en el mundo lo poseen. Estuve 5 días y simplemente no fueron suficientes para poder llegar a conocer bien la ciudad.
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